La nutrición avanza, la evidencia científica se actualiza y cada vez sabemos más sobre cómo funciona el cuerpo humano. Sin embargo, en consulta sigo escuchando frases que parecen sacadas de otra época. En pleno 2026, algunos mitos nutricionales continúan muy presentes y condicionan la forma en la que muchas personas se relacionan con la comida.

Hoy quiero desmontar algunos de los más frecuentes, sin culpabilizar y sin alarmismos, porque la mayoría de estos mensajes se han transmitido durante años como verdades absolutas.

Uno de los mitos más extendidos sigue siendo que los hidratos de carbono engordan. Esta idea ha generado miedo a alimentos básicos como el pan, el arroz o la pasta, cuando en realidad los hidratos no son el problema. El aumento de peso no depende de un único nutriente, sino del contexto completo: la cantidad total que se consume, la calidad de los alimentos, la frecuencia, el nivel de actividad física, el descanso y el estrés. Los hidratos de carbono son la principal fuente de energía del cuerpo y eliminarlos suele generar más problemas que beneficios. El conflicto no está en comerlos, sino en hacerlo sin equilibrio o desde la culpa.

Otro mito muy presente es que cenar tarde engorda. El cuerpo no funciona por horarios estrictos y no convierte automáticamente la comida en grasa a partir de cierta hora. El problema no es la hora, sino llegar con hambre extrema, comer deprisa o elegir opciones poco saciantes. De hecho, una cena equilibrada favorece un mejor descanso, ayuda a regular el apetito al día siguiente, contribuye al equilibrio hormonal i mejora la recuperación muscular.

También persiste la idea de que los productos “light” o “fit” son más saludables. El etiquetado puede resultar engañoso. Que un alimento tenga menos calorías o menos azúcar no significa que aporte más nutrientes ni que sea mejor opción. Muchos productos light sustituyen el azúcar por edulcorantes en exceso o las grasas por ingredientes de mala calidad. Más que fijarnos en reclamos comerciales, conviene observar qué aporta realmente ese alimento dentro de la alimentación diaria.

Otro mito muy común es que comer saludable es caro. Es cierto que algunas modas alimentarias pueden encarecer mucho la compra, pero una alimentación equilibrada no tiene por qué ser cara. Alimentos como las legumbres, los huevos, las patatas, el arroz o las frutas y verduras de temporada son accesibles y nutricionalmente muy completos. A menudo, lo caro no es comer saludable, sino intentar hacerlo de forma perfecta o seguir tendencias poco realistas.

En relación con esto, siguen muy presentes los detox y las “limpiezas” corporales. La idea de que necesitamos batidos, tés o ayunos extremos para eliminar toxinas no tiene base científica. El cuerpo ya cuenta con órganos que realizan esta función de forma continua, como el hígado y los riñones. Los detox no limpian el organismo, pero sí pueden generar déficits nutricionales, ansiedad y una relación poco saludable con la comida. Más que desintoxicar, lo que necesitamos son hábitos sostenibles en el tiempo.

Por último, uno de los mitos más dañinos es pensar que si no bajas de peso, algo estás haciendo mal. El peso no es el único indicador de salud ni siempre responde de forma inmediata a los cambios en la alimentación. Factores como el estrés, las hormonas, la medicación, el descanso o la historia previa de dietas influyen enormemente. Muchas mejoras en la alimentación se reflejan en la energía, la digestión, las analíticas o el bienestar general, aunque la báscula no se mueva.

Entonces, ¿por qué estos mitos siguen tan vivos? Porque simplifican mensajes complejos, prometen soluciones rápidas y apelan al miedo y a la culpa.

Mi consejo, si me estás leyendo, es que la nutrición en 2026 no vaya de prohibiciones ni de reglas. Haz que vaya de contexto, flexibilidad y educación nutricional. Y cuando algo te suene demasiado fácil o milagroso, detente y cuestiónalo.

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